sábado, 27 de agosto de 2011

Sobre la existencia de Dios


La existencia de Dios nadie la puede probar científicamente, pero tampoco se puede probar la “no existencia”. És el gran enigma; o mejor dicho, el gran Misterio. Por eso el don de la fe. Virtud teologal por la cual se acepta como cierto la existencia de Dios. Y, como todo lo “grande” del ser humano, ésta también, viene de Dios. Esos dones maravillosos que nos entrega gratuítamente el Señor. Cosas que nos diferencian del animal. Que nos hacen ser un “homo sapiens-sapiens”; (hombre que piensa y sabe que piensa). Mucho más, nos permite sondear sobre los misterios de Dios.
Fuerza relacionada al concepto de “ser”. No solo existir. Lo que quiere decir que tomamos parte activa en los “procesos”, ya sea: la vida, nuestras creencias, aceptación de algo o su cuestionamiento. Participar dé; obrar én. Si crees en algo, también se duda, se cuestiona, se busca. Eso es completamente normal e intrínseco de la naturaleza humana. Parte de los mismos dones que vienen de Dios.

Que el Universo es creación de una “chispa cósmica”, que fue un tal “Big Bang”, y la que más me sorprende, que fue “casualidad”... Nómbrelo como quiera. Chispa antes de Dios, no hubo. El Big Bang necesitó de la chispa y de Dios, -ni el Sr. Hawking hasta ahora, ha podido probar lo contrario, solo que ahora le llama “casualidad”-; y créanme, que las “casualidades” no existen. Se le llama casualidad a aquello que el hombre desconoce su origen y/o no sabe cómo probar. A esa “combinación de circunstancias que no se puede prever, ni evitar”.* Una explicación intelectual.

Pero, ( ahora viene lo que más me gusta), no venimos de la “nada”, y no somos “nada”; ...SOMOS. Tenemos esencia y naturaleza. Y eso nadie lo puede negar. ¿Y por qué somos? ¿Cómo somos? ¿De dónde viene ese don de ser? Son temas profundos de teólogos, filósofos y pensadores, hasta el día de hoy. Nosotros, ...nos recreamos en creer. Dios existe, eso creo y eso me basta. Yo lo sé, y tú lo sabes.

Hemos sido elegidos por él. «Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto»Jn 15,16 Por éso, el don de la fe. El mayor don otorgado; principio y fuente de todos los dones. Dios nos permitió conocerlo en persona, a través de su Hijo, Jesucristo. Nos envió al “Cordero de Dios”. Lo envió a vivir entre nosotros, a padecer igual o más que nosotros, ...para salvarnos. Solo por el infinito amor que nos tiene. El más grande amor.
Y Él quiere que sepamos cuánto nos ama.

Nos habla continuamente, aunque estemos “tan” ocupados, inquietos, ensimismados, enajenados... que no lo podemos oir. Pero, Él continúa hablándonos, llamándonos, buscándonos. Se hace presente en nuestras vidas, pero no lo “podemos” ver. No queremos, no “tenemos tiempo” para éso. Se hace presente una y otra vez en la naturaleza, en los cielos, en los arreboles, en la aurora boreal, en los pájaros y en los campos. Pero, aún así, no lo vemos, no lo queremos ver. Se hace presente en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, y no lo vemos. El hecho de que tenga dos ojos que pueden ver todas estas maravillas, Sus maravillas, ya es un regalo del mismo Dios.

Está claro que mientras “más lejos” tengamos un “objeto”, más pequeño parece. A mayor distancia, con menos claridad le vemos. Más pereza de acercarse, de buscarlo, de encontrarlo. Se detiene la búsqueda, se agranda la distancia, se forma un “vacío” entre los dos. Ese vacío, que unos sobreviven, por la Gracia de Dios, y otros no. Vacío de Dios.

A mayor proximidad que estemos de Él, mayor deseos de estar cerca. Mientras más lo llamamos, más queremos que venga. ...¡Y viene! Mientras más viene, más proximidad, más intimidad, más sentiremos Su Presencia; más amor. Y mientras más amor, más paz, más claridad, más luz. Más alegría, más comprensión de Dios y de los hombres.

Porque Dios viene como Espíritu, entregándonos a manos llenas sus dones: Sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, y temor de Dios. Mientras más le conozcas, más le amarás, más proximidad querrás. Más cerca estaremos, más juntos viviremos.

Dios nos quiere a todos “santos”, pero santos en la vida diaria. Todos los días tratar de ser mejores, por Él y para Él. Tratando simplemente de devolver algo de todo lo que nos ha dado. Compartiendo con los demás nuestros “dones”. Haciéndolos crecer, multiplicándolos, verlos volar libremente hacia los demás...

 *http://buscon.rae.es

domingo, 21 de agosto de 2011

Cuando los hijos no están cerca

Cuando los hijos están cerca, nos quejamos de que no les vemos lo suficiente, que no se acuerdan de nosotros, que no llaman, que no vienen, y otros cuentos más...
¿Y  ...cuando los tenemos lejos?????  ¡Eso sí que es calamidad!
¡Cómo me gustaría que más seguido que “de repente”, sonara  el teléfono y escuchara la voz de uno de mis hijos, ...o de mis nietos!  ¡Cuando ocurre, se abre el cielo para mí!
¿Es justo lo que deseo?  ¿No será que cuando somos “hijos” a nosotros también, se nos escapaban ...los momentos?
Si un padre “pide” mucho, pareciera que le dan menos...  ¿Pero, habrá un padre que no desee la proximidad de sus hijos?  Sería muy raro.  De todos modos, ¡ésa no soy yo!
Hijos, acérquence más a sus padres.  Mímenlos, acarícienlos, como les gustaba que ellos lo hicieran cuando ustedes eran chicos.  Vean todo lo bueno que les entregaron.  ¿Y lo malo?  Porque no somos perfectos, ...ni sabios.  Pues opino que a pesar de no haber “padres perfectos”; porque, NO LOS HAY; cada padre trata de entregar lo mejor que tiene, a sus hijos. 
Que fué muy exigente, que fué rudo, que no fue...  O lo que és peor, ¿qué hizo y qué no hizo?  Y mucho peor aún, ¿que hizo incorrecto?  ¿Pudo haberlo hecho mejor?  Por supuesto que sí,
...o puede que no.
¿Acaso existe uno que pueda decir que en su vida todo es perfección?  La perfección no es característica del hombre, solo de Dios.  Tratamos, sí, pero no somos.  Lo importante es tratar, intentarlo.  ...Que no pude, que no estuve, que no fue, que se hubiera podido...
A la verdad que la vida no siempre se presenta como nos la imaginamos, o como mejor nos gustaría.  “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.”  Esa ha sido la respuesta de Jesús.  Y debe ser la nuestra.  Para con los hijos, para con los padres, para con todos.
¿Acaso somos jueces?  ¿Tenemos derecho a juzgar?  “Con la vara que juzgues, serás juzgado.”  ¡Tremenda sentencia!
Amor, comprensión, perdón...  Sacar moralejas de la experiencia ajena, (si eso fuera posible).
La capacidad de ponernos en el lugar de otro, de tratar de sentir lo que siente, de entender los “por qués”, de tratar de no condenar,  sino de pensar, de sentir como lo hizo el otro en tal o cuál circunstancia.  ¡Qué diferente sería la vida!  ...Para todos.
Misericordia, piedad, palabras que suenan a viento, pero de ser escuchadas y puestas en práctica, acercarían al hombre un paso más hacia Dios.

lunes, 8 de agosto de 2011

¿Soledad ...o Plenitud?

Cuando te sientas solo ...y triste,
cuando creas que nadie te recuerda,
cuando te sientas abandonado por todos,
y pienses que hasta la vida se olvidó de tí...
¡Aprovecha esta soledad, úsala!
Es la mejor oportunidad que tienes para
darte cuenta de lo pasajero de todo lo que nos rodea.
De lo efímero de la vida, la fragilidad de una amistad;
de lo cambiable del hombre y lo inestable del mundo.
Aprovecha este momento, este tiempo maravilloso,
para que te des cuenta de que NO estás solo.
Piensa en la soledad como una gran piscina
y sumérgete voluntariamente en ella.
Empápate de ella, zambúllete, siéntela, disfrútala...
porque és en esa soledad que puedes escuchar a Dios. 
Es ahí cuando puedes darte cuenta que,
aunque nadie en el mundo entero se acordara de tí,
hay alguien que no te olvida, que jamás se aleja,
que paciente espera; todos los días por tí.  ¡Sí, por tí!
Estarás ocupado solo en hablar con Él,
tratarás de sentirlo, de pedirle que se acerque aún más a tí,
que se manifieste, porque ...quieres conocerle. 
Pídele que se “asome” , para  poder “verlo”. 
Que se muestre.
Y aunque con nuestros ojos no le podamos ver,
con nuestro corazón podemos sentir ese infinito amor,
que solo Él es capaz de dar.



 

Y...¿Quién es Dios?

Lo he buscado en el cielo y las nubes,
entre las hojas del pasto,
entre las personas que transitan,
en los montes y los valles...
Y no lo encuentro ...
Lo busco de día y de noche,
al despertar o antes de dormir,
al salir, al entrar, en compa
ñ
ia y en soledad ...
y no lo encuentro...
Sin embargo, ¡lo siento!
Lo siento cercano y amigo,
grandioso y sencillo,
preocupado y tranquilo,
so
ñ
ando... despierto, distante,
 y a la vez, atento conmigo.
Lo siento... al lado, junto a mí.
Otras veces, tras m
í
o, ¡vigilante!
Lo siento
...
siempre. 
Nunca ando sola, ni temo estarlo.
Con su presencia, ando cantando,
camino so
ñando, duermo trotando.
Saber que está, todo lo calma,
todo transforma.
Nada temo, solo ofenderlo,
pues si se aleja, vivir no podría,
sabiendo que jamás voy a
conocerlo.