domingo, 2 de septiembre de 2012

CUANDO SE LE CIERRA LA PUERTA A DIOS...


 

Sin Dios en nuestras vidas no podemos ser realmente felices.  Dios es TODO.  Todo lo positivo viene de Él, la paz, la armonía, la complacencia, el amor.  Sin Dios, tenemos una “seudofelicidad”, algo no real, que no dura ni nos llena.  Dura poco, es...momentanea, frágil a la desilución, a la inconformidad.  Llega de inmediato, por una u otra situación, pero es fugaz, casi una ilusión.  Se esfuma de inmediato dejándonos vacios, inconformes, desilucionados.   Porque la verdadera felicidad, que dura, que nos llena, ...solo viene de Dios. 
 ¿Cómo se logra esa paz?  Con la fe.  Con el amor a Dios, conociéndolo, a través de Jesucristo, a través de la Biblia, amándolo, quererlo cerca, dirigiéndonos por el camino, acompañándonos en todo momento.   Invitándolo  a que venga con nosotros.  Abriendo las puertas de nuestro corazón, dando cabida solo a Él.  Acercándonos a Él por medio de la lectura de la Biblia, de la Iglesia, de los Sacramentos, de la Misa bien escuchada y ...digerida.  Para que lo que allí escuchemos, lo podamos poner en práctica en nuesta vida diaria... todos los días.  Disfrutar de la compañía de Dios en silencio, en privado y en todas partes.  Todos los días.

No se puede ser cristiano o católico “de domingo”.  La fe se vive diariamente, es consecuente.  Nuestras acciones demuestran lo que pensamos lo que sentimos, lo que realmente queremos, lo que somos.  Por lo tanto, una fe “dominguera” no nos sirve.  Hay que vivir la fe cada día en cada una de nuestras acciones.  Poniendo en  práctica diariamente lo que nos enseña la doctrina cristiana, según Cristo nos habló.  Alejando así para siempre la falsedad, la iniquidad, cerrando herméticamente la puerta de nuestro corazón, de nuestros hogares, ...a lo negativo, a lo que nos daña.

¿Y qué fue lo más importante de todo lo que Cristo nos dijo...?  Fue aquello, cuando nos habló de su nuevo mandamiento:   “Amar a Dios sobre todas las cosas...y al prójimo como a tí mismo”.  Él nos entregó una Nueva Alianza con Dios, su Padre.  A pesar de nuestros pecados, de nuestra vida imperfecta.  Él, no pretende que seamos perfectos, Él sabe que somos solo humanos.  Pero, sí espera que tratemos de ser cada día mejores personas, mejores esposos, mejores amigos, mejores padres e hijos, mejor vecino ...mejores.  “Hacer el bien sin mirar a quién”, por ejemplo.  Entregar amor a todos, en especial a los que conviven con nosotros.  Tratar de hacer la vida más fácil, más llevadera, al que más lo necesite.  A todos, todos los días.  Poniendo así un granito de arena para hacer  un mundo mejor para nuestros hijos, para nuestras futuras generaciones.

¿Pero, y si no lo hago?  ¿En qué cambia mi vida, la de mi familia, la de los demás?  ¿Por qué tengo yo que tomarme esa molestia?  “Qué me importa lo que le pase a otro.” 

Si no queremos seguir las enseñanzas y los valores santos, cristianos, si no nos importa ser mejores como personas: más comprensivos, compasivos; entonces, habremos cerrado la puerta a Dios y de manera automática, sin que lo invites, llega con su reino,- el maligno.  Ése que todo lo que trae es falso, fugaz, destructivo, imposibilitando nuestro crecimiento espiritual, nuestro bien verdadero.  Solo nos confunde, nos ilusiona, nos estimula, llevándonos de inmediato a la desilusión, al desengaño, al descontento, a la frustración...a la rabia;  destruyéndonos y destruyendo todo lo que hemos construído, lo que tenemos, lo que amamos y ...a nosotros mismos.

Cerrar la puerta A Dios, te encierra, te acorrala, te destruye.  Solo Dios te libera, te hace ver las cosas en su verdadera dimensión, no engaña ni ilusiona, nos ayuda. 
Nos entrega luz, visión clara, logrando la real perspectiva con relación a nosotros y lo que amamos.  Dios trae paz, sociego, felicidad.  Él jamás nos envía angustia ni sufrimiento. 

Él nos desea felices.  Somos nosotros mismos, los seres humanos, que decidimos qué y cómo hacemos las cosas, afectándo no solo nuestras vidas, también la de toda nuestra familia.   No siempre hacemos lo correcto.  Somos dominantes, controladores, a veces obsesivos.  Todo lo queremos según nuestro parecer...  Y al “no tener” a Dios cerca de nosotros, porque no lo queremos; entonces somos ...banquete para el maligno.